Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo

 

Durante los años que estuve sirviendo como obispo de Gualeguaychú en la Provincia de Entre Ríos, en varias oportunidades pude ser testigo de lo que sucede en las inundaciones. Una catástrofe que se ve venir pero no se puede frenar. Vinieron a mi recuerdo varias imágenes e historias concretas leyendo el Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de los Pobres: “Un río de pobreza atraviesa nuestras ciudades y se hace cada vez más grande hasta desbordarse; ese río parece arrastrarnos, tanto que el grito de nuestros hermanos y hermanas que piden ayuda, apoyo y solidaridad se hace cada vez más fuerte”. Y es así. Aunque neguemos la realidad o demos la espalda a quienes sufren.

El lema que eligió Francisco para este año es “No apartes tu rostro del pobre”, tomado del libro de Tobías 4,7. Reflexiona el Papa: “Cuando estamos ante un pobre no podemos volver la mirada hacia otra parte, porque eso nos impedirá encontrarnos con el rostro del Señor Jesús. (…) Cada uno de ellos es nuestro prójimo. No importa el color de la piel, la condición social, la procedencia. (…) Estamos llamados a encontrar a cada pobre y a cada tipo de pobreza, sacudiendo de nosotros la indiferencia y la banalidad con las que escudamos un bienestar ilusorio”. Cómo nos tienta dejarnos seducir por la ilusión que expresa “mientras yo esté bien, todo está bien”. Un espejismo que nos pone frente a una realidad falsa.

Es doloroso experimentar que “vivimos un momento histórico que no favorece la atención hacia los más pobres. La llamada al bienestar sube cada vez más de volumen, mientras las voces del que vive en la pobreza se silencian. (…) La realidad virtual se apodera de la vida real y los dos mundos se confunden cada vez más fácilmente. Los pobres se vuelven imágenes que pueden conmover por algunos instantes, pero cuando se encuentran en carne y hueso por la calle, entonces intervienen el fastidio y la marginación. La prisa, cotidiana compañera de la vida, impide detenerse, socorrer y hacerse cargo de los demás”.

También es cierto que miles de voluntarios en nuestras comunidades y en diversas organizaciones se hacen cargo de merenderos, talleres de capacitación laboral, centros de recuperación de adictos y un sinnúmero de servicios. “Agradecemos al Señor porque son muchos los hombres y mujeres que viven entregados a los pobres y a los excluidos y que comparten con ellos; personas de todas las edades y condiciones sociales que practican la acogida y se comprometen junto a aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y sufrimiento. (…) No se limitan a dar algo; escuchan, dialogan, intentan comprender la situación y sus causas, para dar consejos adecuados y referencias justas. Están atentos a las necesidades materiales y también espirituales, a la promoción integral de la persona.”

Qué importante es desterrar el paternalismo de dar desde un lugar que marca distancia de superioridad-inferioridad. Es necesario que “quienes viven en condiciones de pobreza también han de ser implicados y acompañados en un proceso de cambio y de responsabilidad”.

Francisco nos plantea un dilema dramático: “si en una familia se debe elegir entre la comida para subsistir y las medicinas para recuperar la salud, entonces debe hacerse escuchar la voz del que reclama el derecho de ambos bienes, en nombre de la dignidad de la persona humana”. He recogido testimonios de quienes se prostituyen para sobrevivir, o para el consumo de drogas; padres que ofrecen a sus hijas adolescentes para que tengan sexo a cambio de dinero. También personas que soportan malos tratos o abusos por miedo a perder el trabajo. La pobreza y la miseria están en la base de la trata de personas y la venta clandestina de órganos.

Casi al final del Mensaje el Papa nos presenta un dolor especial: “No puedo pasar por alto, en particular, un modo de sufrimiento que cada día es más evidente y que afecta al mundo juvenil. Cuántas vidas frustradas e incluso suicidios de jóvenes, engañados por una cultura que los lleva a sentirse ‘incompletos’ y ‘fracasados’. Ayudémosles a reaccionar ante estas instigaciones nefastas, para que cada uno pueda encontrar el camino a seguir para adquirir una identidad fuerte y generosa”.

 

Desde Luchemos por la Vida Asociación Civil y la Comisión Episcopal de la Pastoral de Migrantes e Itinerantes, nos recuerdan que el tercer domingo de noviembre ha sido declarado por la ONU y por otras organizaciones internacionales el Día Mundial de Conmemoración de Víctimas del Tránsito. Por ello, te pido recemos por los que perdieron sus vidas en siniestros de tránsito, y por sus familias y amigos que sufren la ausencia de la muerte. Es necesario resaltar a los creyentes y personas de buena voluntad acerca de la responsabilidad de todos con el cuidado de la vida, modificando nuestras conductas en calles y rutas, y tomando conciencia de esta cantidad de muertes inútiles, que ciertamente Dios no quiere. La falta de respeto a la prioridad del peatón, la falta de uso de cascos o cinturones de seguridad, el exceso de velocidad, la conducción después de haber ingerido alcohol, o el uso del celular al volante, son conductas contrarias a la ética y al respeto a la Vida, tanto ajena como propia. Las víctimas del tránsito en nuestro país alcanzan cifras muy altas, de las mayores del mundo, con más de 17 muertos por día, unos 6.200 muertos al año (mayoritariamente menores de 35 años, el 54%), más de 100.000 heridos.

Cuidemos la vida. Siempre.

Y recemos por la Patria en esta jornada de elecciones presidenciales.