Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina) y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Jesús, una vez resucitado, no muere más. Así lo enseñaba San Pablo y también los maestros de la fe de todos los tiempos. La resurrección no es “volver a la vida”, sino una vida transformada, verdaderamente nueva.

Por eso, en los relatos evangélicos, el Resucitado se aparece en distintos momentos para fortalecer la fe de los discípulos. Esos episodios narrados están cargados de simbolismos también para nosotros. Quisiera comentar tres de ellos.

Uno de los evangelios nos cuenta que en la madrugada de la Pascua algunas mujeres fueron a la tumba para ungir el cuerpo de Jesús.

Iban a buscar el cadáver del Muerto. Y se encuentran con que la piedra había sido quitada y con la “tumba vacía”. Es un primer signo. Unos ángeles les dicen “no busquen entre los muertos al que está vivo”. Es invitación a ampliar el horizonte de la búsqueda. Es un llamado a no quedarse en la tristeza, a ponerse en camino.

A partir de ese momento las mujeres van corriendo con alegría a contar la noticia, y mientras van de camino les sale al encuentro el mismo Cristo, que está vivo.

El otro episodio que quiero recordarte nos lleva a la tarde de la Pascua. Dos discípulos que se vuelven tristes a su pueblo llamado Emaús, distante a unos 10 kilómetros de Jerusalén. Para ellos la experiencia del dolor había sido muy fuerte; tanto que ni creyeron lo que las mujeres habían contado.

Y es Jesús el que se hace compañero de camino y les recuerda lo que había enseñado: “debían cumplirse las Escrituras”. La Pasión y Muerte no fueron acontecimientos casuales y desgraciados, sino cumplimiento de lo que habían anunciado los profetas. Pero lo asombroso del relato es cuando los ojos de los discípulos lo ven partir el pan. Allí lo reconocen y se vuelven contentos —también corriendo con alegría, como las mujeres— a Jerusalén para compartir el entusiasmo con los demás.

Jesús también hoy camina junto a nosotros. Él quiere seguir siendo compañero de camino y alentarnos en la fe. En la Pascua los cristianos somos enviados a renovar la esperanza de los demás; si no somos testigos de esperanza dejamos de hacer memoria para dar paso a un relato mítico que puede tener el valor de una fábula. El mundo tiene sed de esperanza, y el Espíritu Santo colma los corazones de quienes están tristes y desalentados.

Sin esta mirada trascendente somos una “ONG piadosa”, como expresa el Papa Francisco.

Por último, quiero recordar el evangelio que se lee este domingo. Jesús se aparece a los apóstoles y los llama a la alegría y la paz. Pero Tomás no está con ellos. Más tarde, cuando los diez le cuentan, él duda: “Si no lo veo no lo creo”. A la semana siguiente vuelve Jesús, se aparece y ahora sí está Tomás. El Señor le muestra las llagas que dejaron los clavos en sus manos y la herida de su costado, y le dice “felices los que creen sin haber visto”. Esos somos nosotros. Creemos, tenemos fe, apoyados en el testimonio de aquellos hombres y mujeres, que nos acompañaron para hacer experiencia propia, movidos por el Espíritu Santo.

A Tomás y al resto de la comunidad Jesús les muestra sus llagas y su costado. Oscuras presencias luminosas a las que tenemos que cuidar y tratar con ternura. Esas llagas del Salvador siguen abiertas en los pobres, los enfermos, los encarcelados, los tratados con injusticia, las víctimas de la violencia, del secuestro, de la trata, del crimen organizado…

¿Querés ver a Jesús Resucitado? Él nos dice “acerca tu mano, aquí están mis llagas…”.

La fe es un don de Dios y una respuesta humana.

Hoy se celebra a Jesús Misericordioso. La imagen que se ha popularizado en esta devoción nos lo muestra ya resucitado y caminando a nuestro encuentro.  De su pecho salen dos rayos luminosos que evocan el agua y la sangre que brotaron de su cuerpo crucificado al ser atravesado por la lanza del soldado. Son signos del agua del bautismo que nos incorpora a la Iglesia, y la sangre de la eucaristía que nos congrega y alimenta.

 

Esta semana tenemos dos fechas significativas. El martes 18 conmemoramos un nuevo aniversario del fallecimiento del Siervo de Dios Monseñor Orzali, reconocido como el Buen Pastor de Cuyo, sucedida en 1939. Y recordamos que el jueves 20 de abril de 1934 la Diócesis de San Juan de Cuyo fue creada Arquidiócesis, siendo Monseñor José Américo Orzali el primer Arzobispo. Recemos para que seamos fieles a la misión que Jesús nos encomienda.